Noche fría de invierno

Noche fría de invierno, sola recorría las calles sin un rumbo fijo, pocas luces alumbraban su camino, su paso era lento, divagaba entre pensamientos que la hacían retorcerse de dolor. Apoyada en aquella pared un haz de luz se reflejaba en su rostro, las lágrimas que descendían de sus ojos caían al suelo así como su ánimo poco a poco se derrumbaba. No sabía de dónde sacar la fuerza, ni el valor para afrontar que aquellos tres años de relación con ese hombre habían terminado, pues siempre había sido bueno con ella hasta aquel día en el que tras los gritos y las discusiones, él se abalanzó sobre ella y de un golpe la tiró al suelo. Cada vez que lo recordaba rompía a llorar y alargaba el puño de su jersey para secar cada una de sus lágrimas. Era incapaz de sentirse bien, se sentía un trapo al que habían usado, se preguntaba miles de veces qué valor tenía para que el hombre al que había amado con toda su alma le golpeara. Era consciente de que desde hacía unos meses los besos cálidos y dulces habían dado paso a los desprecios y a la ausencia de roces y caricias entre ambos. También pensó que esa época se pasaría y que el amor entre ellos volvería, pero no fue así. Decidió seguir ese camino sin rumbo fijo, quizá porque sabía que la felicidad llegaría algún día. Algo tuvo claro tras todo esto: Jamás volvería a dar ni su cuerpo ni su amor a quien no supiera valorarlo de verdad, no permitiría ningún golpe ni ningún desprecio más pues sabía que el amor se siente con el corazón, que una caricia significa afecto, que un beso es especial y que si tendría que llorar sería de felicidad.

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