Bendita y bonita infancia

¿Os acordáis de cuando un “te perdono” significaba volver a seguir jugando con esa niña o ese niño que acababas de conocer? ¿O de cuando te hacías una herida y tu amiga te soplaba y te decía: “Sana, sana, culito de rana, si no sana hoy, sanará mañana”?¿O de cuando un “no te ajunto” significaba no hablar con ese niño ni en clase, ni el recreo y mucho menos jugar con él? ¿O de cuando tu única preocupación era acabar los deberes para que tu madre te dejara salir a la calle a jugar con tus amigos? ¿Y qué me decís de cuando nos empeñábamos en alargar el final del verano hasta la última semana de septiembre con la excusa de: “Mamá, si aún hay luz en la calle, déjame un ratico más jugar, por fi”? ¿Y de cuando nos gustaba alguien y nos pedíamos salir a través de un: “¿Quieres salir conmigo? Sí o No” escrito en un papelito recortado de una libreta y que doblado pasaba por toda la clase hasta que te llegaba a ti?

He tenido la suerte de poder vivir una infancia como la que me gustaría que vivieran los niños ahora. Infancia de calle, pero no infancia de estar todo el día fuera de casa, sino infancia de montar en bici, de ser la persona más feliz del mundo porque tu padre te había quitado una de las ruedas pequeñas traseras de la bici, ¡Eso ya te hacía mayor!. Infancia de jugar a cantar poniéndonos los retales que le sobraban a tu madre cuando cortaba los bajos a un pantalón o cuando le quitaba las mangas a una camisa; Infancia de jugar con miles de folios a ser profesoras y cuando nos aburríamos cambiar el “ser profesoras” por “ser oficinistas”. Todo valía para todo y si no era así, ya nos encargábamos nosotros de buscar algún método para no aburrirnos. Eso sí, no necesitábamos un móvil, una PSP o una tablet. Nosotros teníamos folios, bolígrafos, pizarras, tizas, balones, bicicletas, patines, los tacones de nuestras madres, que por más que te cayeras con ellos, nunca te hacías daño y te los volvías a poner. También teníamos trompetas de plástico a las que les añadíamos banderitas de tela hechas por nosotros y junto con un tambor, también de plástico, formábamos una banda de música y salíamos por las calles del barrio en procesión. Sí, sí, en procesión. ¡Desde luego creativos e imaginativos sí que éramos! De vez en cuando nos peleábamos porque todos queríamos presentar las “galas” de cantantes que organizábamos tipo OT, pero esos enfados pronto desaparecían porque hacíamos turnos: “Ahora cantas tú y presento yo, luego canta ella y presentas tú”. Y nos conformábamos. Como no teníamos móvil, ni mucho menos Whatsapp, a lo máximo que aspirábamos como método de comunicación era a tener un par de Walkies-Talkies, nuestra única manera de quedar para jugar era ir llamándonos de puerta en puerta: “Nena, ¿Sales a la calle?”, o el día de antes ya nos decíamos: “Mañana a las cinco vente a mi puerta”. Si queríamos “chuches”, le pedíamos cien pesetas a nuestra madre, pero no íbamos todos de golpe a la tienda del barrio, sino que iba uno y el resto le encargábamos lo que queríamos cada uno: “A mí cómprame un helado de vainilla y un chicle, a mí uno de chocolate y una bolsa de gusanitos, yo quiero…” Al final, volvías de comprar con la mitad de las cosas mal compradas, pero no había enfados, porque lo que a mí no me gustaba, pues se lo daba a la que sí le gustaba y viceversa, así de simple.

Sabíamos hasta hacer trueque: “Yo te doy el chicle de fresa, si tú me das el de coca-cola”. También sabíamos de bricolaje, porque con cuatro maderas nos hacíamos una cabaña a la que le colocábamos como lámpara una linterna cuya luz era roja, pero ¿Qué más daba si la luz era roja, si la madera estaba torcida, si más bien la estructura estaba a punto de caerse? ¡Nosotros éramos felices!, ¡Habíamos hecho una cabaña y eso era lo que importaba! Sabíamos montar en monopatín, y si no sabíamos, pues aprendíamos pronto: “Súbete, que yo te ayudo” hasta que ya ibas sola en él subida y acababas cayéndote, pero ¿Qué importaba? “Tranquilos, no me he hecho daño” y te levantabas del suelo y te volvías a subir, aunque llevases un moratón en el muslo o en el culete. Así se aprendían las cosas siendo niños y así deberíamos aprenderlas hoy día, a base de intentar e intentar y no rendirse a la más mínima, porque en aquella época eras un niño y no te rendías por nada del mundo. “Yo tengo que aprender a montar en bici, tengo que aprender a subir en monopatín, tengo que saber hacer el pino…” Y lo intentabas, no te quedabas con el “tengo que…”, sino con el “Voy a aprender…”.

Sin duda alguna en la infancia aprendimos qué era el compañerismo, la generosidad, la lealtad, la amistad, el perdón, la perseverancia, la constancia, aunque la mitad de esas palabrejas ni siquiera las conociéramos. Pero ahí estábamos, ayudando al que quería aprender a hacer algo, intercambiando lo que no nos gustaba, soplándole a nuestra amiga en su herida para intentar curársela, con mil ideas en la mente que como podíamos las llevábamos a cabo, sin miedos, con muchas ganas de vivir y siempre sonriendo.

Así recuerdo mi infancia…

“Lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa es en ella una maravilla” (Gilbert Keith Chesterton)

¡Feliz día y no os olvidéis de sonreír!

 

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