El hombre del banco

¿Qué tendría aquel parque que cada vez que iba se pasaba horas allí? Siempre iba con su carpeta en la mano, su gabardina marrón y aquel sombrero negro azabache. A veces caminaba rápido, otras veces se paraba, abría esa carpeta y se le dibujaba una sonrisa en su rostro. La volvía a cerrar y continuaba su paso. Siempre el mismo camino, de la plaza al parque, del parque a la plaza. Muchos le observaban al pasar, incluso algunos le saludaban, parecía que ya lo conocían. Ese día lo seguí, todo aquel camino, esas paradas, abrir la carpeta, sonrisa en la cara, que raro parecía todo. Siempre iba solo. Sus pasos eran decisivos a veces, otras, dubitativos. Desde el principio de aquella calle ya se podía ver la entrada al parque. Llegó, se paró en la puerta y cogiendo aire como si entrara en un lugar donde no hubiera oxígeno, comenzó a caminar. Recto, a la izquiera, a la derecha y de nuevo recto.

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