Los acordes del invierno de Vivaldi

Todos los días allí sentado estaba, acompañado de un perro, su violín y un par de cartones que le servían de abrigo en los gélidos días del invierno leonés. No sé si era mi instinto periodístico, o la imaginación que siempre me ha sobrado, por suerte o por desgracia, pero todos los días salía de casa pensando: “Hoy intentaré hablar con él, quizá detrás de esa imagen tan solitaria haya una bonita historia que contar”. Una mañana no me lo pensé más. Salí a la calle, recuerdo que era un frío día en el que corría un viento de ese que se clava en los huesos como cuchillos, y entré en la cafetería cercana a la zona en la que él se ubicaba siempre, compré un par de cafés y dos pasteles de chocolate. Mientras me acercaba hacia él, podía escuchar los primeros acordes de una de las “Cuatro estaciones” de Vivaldi, concretamente, el invierno. Esperé a que acabara para presentarme y ofrecerle ese café que minutos antes había comprado, junto con el pastel de chocolate, y que desprendía un aroma arrollador. Jamás me había fijado en sus ojos pero justo en el momento en el que le entregué el café, vi en ellos un brillo que si no llega a ser porque me dio él mismo las gracias, hubiera sido capaz de leer en ellos esa palabra de agradecimiento. Se sentó en ese par de cartones junto a su perro y comenzó con pequeños sorbos a beberse el café y a comerse el pastel. Yo me puse de cuclillas para estar a su altura y le pregunté si quería que me quedara con él mientras desayunábamos, he de decir que puso una cara un tanto extraña, quizá aquello trastornó un poco la rutina de su día a día, ver pasar gente de un lado para otro sin prestarle un mínimo de atención, pero aceptó. Allí hablamos de su vida, una vida que no había sido nada fácil: Autodidacta con el violín, aprendió a tocarlo tras hacerse él mismo uno con materiales reciclables, después encontró un trabajó y pudo comprarse el que ahora le acompañaba, un Stradivarius. “Me quedé sin trabajo y tenía que llevar algo de alimento a mi casa, no podía dejar a mis tres hijos y a mi mujer sin comer, así que no me lo pensé, agarré mi violín y a mi perro Pancho, que siempre me acompaña a todos lados, y me puse a tocar en plena calle.” Me di cuenta de que ese hombre podría haber sido mi padre, mi madre, un vecino, un amigo…Cualquier persona y le pregunté si en algún momento había llorado de impotencia o rabia, sólo me respondió: “Cuando no tienes más opciones que ser fuerte, no puedes elegir entre llorar por rabia o por impotencia.” Y sin esperarlo, me dio las gracias por haber hecho algo tan sencillo como sentarme a su lado y escucharle.

La escucha activa

¿Me estás escuchando? ¿Cuántas veces le hemos hecho esta pregunta a una persona con la que estábamos hablando? Seguramente muchas y es que ya lo dijo el consultor en liderazgo y mejora personal, David Fischman:

 “Saber escuchar es más que tener la capacidad de oír las palabras de los demás. Es, principalmente, poseer la capacidad de dejar de oír nuestras propias palabras.”

A todos nos gusta que nos escuchen, pero aunque parezca que escuchar es fácil, no lo es en absoluto. Las personas estamos más acostumbradas a hablar que a escuchar y no debería ser así, pues escuchar es sin duda el acto más importante de la comunicación.

 “La mayoría de las personas exitosas que conozco, son las que escuchan mejor de lo que hablan” (Bernard Baruch)

No soy una experta en escucha activa, pero quería escribir una entrada dedicada a ello porque es algo que me interesa y porque creo que puede ser de interés para otras personas.

Antes de definir la escucha activa, pienso que es necesario mostrar la diferencia entre “escuchar” y “oír”. La mayoría de las personas se confunden en el uso de uno y otro. Según la RAE (Real Academia Española), oír es percibir con el oído los sonidos y escuchar es PRESTAR ATENCIÓN A LO QUE SE OYE, es decir, siguiendo las definiciones que la RAE ofrece de ambos términos, se puede deducir que la principal diferencia entre uno y otro está en la intención, pues cuando una persona escucha es condición sine qua non que preste atención, de lo contrario, no estará escuchando sino oyendo. De ahí que se pueda oír sin querer, pero no se pueda escuchar sin querer.

Cuando estamos hablando con alguien y estamos escuchando lo que nos dice es imprescindible mostrar un feed-back o un tipo de respuesta para que el emisor sepa que lo estamos escuchando. ¿Cómo se puede mostrar un feed-back? Asintiendo con la cabeza, preguntando algo relacionado con lo que nos está contando, haciendo un resumen de lo que nos ha contado, prestando atención a sus emociones, a su lenguaje no verbal, sonriendo, mirando directamente a los ojos,…etc A este proceso se le conoce como la ESCUCHA ACTIVA.

Daniel Goleman, en su libro “Inteligencia Social” define la escucha activa como “la escucha verdadera, me obliga a sintonizar con sus sentimientos, permitiéndole expresar lo que tenga que decir, de un modo tal que la conversación sigue el rumbo que ambos decidimos. Y cuando este tipo de escucha se da en ambas direcciones, se establece un auténtico diálogo en el que los participantes adaptar sus comentarios a lo que el otro siente y dice” (…) “Escuchamos activamente cuando estamos atentos a todo el proceso de la comunicación y no únicamente al mensaje verbal.”

Para lograr una escucha activa es necesario dejar de hablar y dejar hablar. Como decía Charles Chaplin:

 “No esperes a que te toque el turno de hablar, escucha de veras y serás diferente.”

Además, hay que mostrar empatía, es decir, el receptor no debe estar pendiente de lo que va a decir una vez haya acabado el emisor de hablar, sino que debe conocer y comprender lo que siente el emisor, saber cómo piensa, ponerse en su lugar…Hay que aclarar que para que el receptor sea empático con el emisor, primero debe conocerse a sí mismo, es decir, debe conocer y trabajar sus competencias intrapersonales para poder después trabajar sus competencias interpersonales donde se incluye la empatía.

Cuando escuchamos a alguien le estamos mostrando que su mensaje nos interesa, que su persona es importante para nosotros, que la escuchamos, que la vemos y que estamos ahí atentos a lo que nos dice. Por otro lado, la persona escuchada se siente bien, importante, a gusto y en definitiva, se siente más feliz. Sí, aunque pueda parecer absurdo, el sentir que alguien nos escucha y que está atento a nosotros, nos hace más felices.

 “Escuchar es un fenómeno magnético. Nos sentimos atraídos hacia las personas que nos escuchan pues sentimos que con ellos podemos crear y expandir nuestra mente.” (Karl Menninger)

¿Y si entrenamos la escucha activa?

¡Feliz día!