Raquel Domínguez: “El amor que recibo me acompaña día a día así como mis ganas de sonreír por más dura que sea cualquier situación”

¿Cuántas veces hemos escuchado esas típicas excusas del “No puedo hacerlo”, “Yo no puedo con eso”, “Eso es muy difícil”, “No seré capaz de lograrlo”? Muchas ¿Verdad?¿Cuántas veces nos han dicho que la vida hay que vivirla al máximo, disfrutarla todo lo que podamos y que igual que nos caemos debemos levantarnos? Hoy os traigo una entrevista en la que su protagonista, Raquel Domínguez, sabe mucho de esto y es todo un ejemplo de superación. Merece la pena que le dediquéis un ratito de vuestro tiempo a leerla porque os aseguro que nos os dejará indiferentes.

Raquel Domínguez en uno de sus entramientos en bicicleta / Foto: Raquel Domínguez

Raquel Domínguez en uno de sus entramientos en bicicleta / Foto: Raquel Domínguez

Juana Mary: Buenas tardes, Raquel. Padeces Artorescapulectomia Bilateral, ¿En qué consiste?

Raquel: Buenas Juana Mary, tengo que aclarar que no se trata de una enfermedad en sí misma, es la consecuencia de una osteopatía idiopática bilateral. Tras esas 23 operaciones que me tuvieron que hacer, llegó la artroescapulectomia bilateral que consiste en atornillar ambos hombros con tornillos y placas e ir amputando las escápulas hasta dejarlas residuales y con la consecuente atrofia severa de toda la musculatura del tren superior.

J.M.: ¿Qué edad tenías cuanto te empezaron los síntomas de esta osteopatía?

R.: Empezaron a los 12 años en el brazo derecho y a las 19 años los síntomas fueron más radicales en el brazo izquierdo.

J.M.: ¿Qué pensaste cuando te dijeron que padecías una discapacidad degenerativa?

R.: Cuando entras en una situación así, siempre hay un momento, parecido al duelo, a la pérdida de tu día a día, el miedo a lo desconocido, el miedo a si serás capaz de llevarlo bien para que todos los que te quieren sufran lo menos posible. Sin duda, yo quería, sobre todo, que a mi madre le doliera lo menos posible lo que me estaba pasando y todo lo que me vendría después: Intervenciones seguidas, sin tregua alguna de ellas, morfina, shock anafilácticos graves…etc Pensar en ese amor que recibía, sin duda, es el pensamiento más grande que me acompañó y acompaña cada día de mi vida y con él, mis ganas de llevar una sonrisa, por más dura que sea cualquier situación.

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La fuerza del amor en la adversidad

Mahatma Gandhi dijo una vez: “El Amor es la fuerza más humilde, pero la más poderosa de que dispone el ser humano”.

Pocas veces nos detenemos a pensar en lo rápido que se nos puede ir la vida, ni en que debemos vivirla al máximo, ¿Por qué? Porque la mayoría de nosotros no somos conscientes de que estamos aquí de paso, ni tampoco somos conscientes de que muchas veces nos vamos de este mundo sin avisar. Sólo se nos remueve un poco la conciencia cuando alguien que conocemos o que nos es cercano se esfuma más pronto que tarde. Ante esto, a los que seguimos en la Tierra nos quedan dos opciones: superarlo o hundirnos. O caemos en picado en un pozo en el que nos cuesta encontrar la salida o nos armamos de fuerza y conseguimos salir adelante.
A ella, que siempre destacaba por su alegría, su gracia, su sonrisa, por ser una mujer dicharachera, con unos ojos que desprendían luz, ilusión y energía, la vida le puso un obstáculo ¿Qué piensan que hizo? No se quedó con lo fácil, lo común, lo lógico. Nunca lo hacía. Casi a sus cincuenta años no pensó en nada ni en nadie cuando decidió matricularse en la universidad para estudiar una carrera. En una clase de ochenta personas consiguió, sin que ella lo buscara, ganarse tanto a sus profesores como a sus compañeros, que en su mayoría éramos menores que ella. Estar con ella en los descansos entre clase y clase era hablar de su marido, de sus hijos…En definitiva, hablar de lo que para ella era lo más importante, su familia.
Pero esa alegría, esa ilusión, esa sonrisa, la luz de sus ojos y su energía tan sólo pude verla cuatro meses, porque cuatro meses fueron lo que pasaron hasta aquel día. El día en el que esas ganas de vivir y de disfrutar desaparecieron por completo. De repente sus fuerzas y su sonrisa se esfumaron. Recibió una llamada con un mensaje que descompuso su vida. Un mensaje que jamás esperó escuchar.

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Los acordes del invierno de Vivaldi

Todos los días allí sentado estaba, acompañado de un perro, su violín y un par de cartones que le servían de abrigo en los gélidos días del invierno leonés. No sé si era mi instinto periodístico, o la imaginación que siempre me ha sobrado, por suerte o por desgracia, pero todos los días salía de casa pensando: “Hoy intentaré hablar con él, quizá detrás de esa imagen tan solitaria haya una bonita historia que contar”. Una mañana no me lo pensé más. Salí a la calle, recuerdo que era un frío día en el que corría un viento de ese que se clava en los huesos como cuchillos, y entré en la cafetería cercana a la zona en la que él se ubicaba siempre, compré un par de cafés y dos pasteles de chocolate. Mientras me acercaba hacia él, podía escuchar los primeros acordes de una de las “Cuatro estaciones” de Vivaldi, concretamente, el invierno. Esperé a que acabara para presentarme y ofrecerle ese café que minutos antes había comprado, junto con el pastel de chocolate, y que desprendía un aroma arrollador. Jamás me había fijado en sus ojos pero justo en el momento en el que le entregué el café, vi en ellos un brillo que si no llega a ser porque me dio él mismo las gracias, hubiera sido capaz de leer en ellos esa palabra de agradecimiento. Se sentó en ese par de cartones junto a su perro y comenzó con pequeños sorbos a beberse el café y a comerse el pastel. Yo me puse de cuclillas para estar a su altura y le pregunté si quería que me quedara con él mientras desayunábamos, he de decir que puso una cara un tanto extraña, quizá aquello trastornó un poco la rutina de su día a día, ver pasar gente de un lado para otro sin prestarle un mínimo de atención, pero aceptó. Allí hablamos de su vida, una vida que no había sido nada fácil: Autodidacta con el violín, aprendió a tocarlo tras hacerse él mismo uno con materiales reciclables, después encontró un trabajó y pudo comprarse el que ahora le acompañaba, un Stradivarius. “Me quedé sin trabajo y tenía que llevar algo de alimento a mi casa, no podía dejar a mis tres hijos y a mi mujer sin comer, así que no me lo pensé, agarré mi violín y a mi perro Pancho, que siempre me acompaña a todos lados, y me puse a tocar en plena calle.” Me di cuenta de que ese hombre podría haber sido mi padre, mi madre, un vecino, un amigo…Cualquier persona y le pregunté si en algún momento había llorado de impotencia o rabia, sólo me respondió: “Cuando no tienes más opciones que ser fuerte, no puedes elegir entre llorar por rabia o por impotencia.” Y sin esperarlo, me dio las gracias por haber hecho algo tan sencillo como sentarme a su lado y escucharle.

Experiencias que dejan huella

¿Sentir que por unas horas alguien es feliz gracias a algo que se ha organizado y de lo que tú formas parte?

Cuando el Presidente del Club de Atletismo Mulasport, Cristóbal Carlos Ramírez, me preguntó si quería ayudarle en la organización y animación de una carrera que tenía pensado organizar en INTEDIS, un centro para la integración de las personas con discapacidad, le dije que sí sin pensármelo dos veces. Finalmente, ayer fue el día elegido para llevar a cabo la carrera. Tanto Cristóbal como yo llegamos al centro casi a la vez que los alumnos. Ellos bajaron del autobús que los lleva cada día hasta allí y sus caras de alegría por ver lo que allí estábamos organizando ya me sorprendieron. Jamás he visto personas tan agradecidas y cariñosas como lo son ellas. Unas chicas me abrazaban, otras me preguntaban mi nombre y luego se presentaban ellas, otras me echaban una mano gritando los nombres de sus compañeros para animarlos en cada carrera.

Una de las cosas que también me impactó es la importancia que ellos le daban a la carrera. No necesitaban estar en unos Juegos Olímpicos ni en una final de un Barça-Real Madrid para vivir con ímpetu, ganas e ilusión cada carrera que hacían, de hecho, a algunos de los alumnos se les escapaba alguna lágrima cuando veían a sus compañeros atravesar la línea de meta los primeros. Sorprendente y bonito, ¿Verdad? Las ganas, el énfasis, que ponían a la hora de animar a sus compañeros me hacían tener sensaciones increíbles. Incluso, entre ellos mismos se sorprendían de ver lo que eran capaces de hacer y es que, como dice el refrán: “Hace más el que quiere que el que puede”. Hay algo que pude notar en ellos y que a veces en otras personas no veo, ellos agradecen y valoran lo más mínimo que los demás les dan.

INTEDIS

De izquierda a derecha: Rodolfo, Antonio, Virginia, yo y Luis en INTEDIS.

Luego, tras las carreras, los chicos y las chicas me preguntaban por los premios y las medallas y cuando llegó el momento de ir nombrándolos para que subieran a recoger los diplomas por su participación, lo hacían con una fuerza, una pasión, que pensé: “¡Qué gusto da saber que estás aportando un poco de ti para que hoy ellos sean un poco más felices!” ¡Qué sensación tan bonita y especial! Nada como saber que con algo que tú has organizado, y cuando digo tú me refiero al Club Mulasport y a INTEDIS, les está haciendo sonreír más. Eso es muy grande. Ya con sus medallas y diplomas puestos y dados muchos me decían: “¡Se lo voy a enseñar a mi madre!”, “¡Mira tengo una medalla!” y todo esto lo decían con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Estaban felices, radiantes!.

Sin duda, el día de ayer nunca lo olvidaré, viví una experiencia que no imaginaba que viviría. Además, me encantó conocer a todos los voluntarios, monitores y profesores del centro que dedican su tiempo y su esfuerzo a intentar hacer las vidas de sus alumnos un poco más felices organizando actividades como este I Cross Escolar. ¡Enhorabuena y felicidades por vuestra labor!

¡Feliz día y a sonreír siempre!

¡Por más días así!

Ayer tuve el placer de asistir a la I Jornada de Coaching Educativo y Empresarial celebrada en Murcia junto con mi amigo Tomás. Antes de que llegara el 21 de noviembre, ya sabía que sería un viernes distinto, un viernes en el que aprendería muchas cosas de diferentes ámbitos, un viernes en el que lo importante, parafraseando un poco el título de la ponencia de Jose Pomares, no iba a ser lo que perdiera o ganara, sino que no perdiera las ganas. Justo eso. Tenía muy claro que perder no iba a perder nada por asistir, al contrario, ganaría, pero ganaría en teoría, en conocimientos, en aprendizaje, esa era mi idea. Pero sin esperarlo, empecé a conocer a muchísimas personas, a hablar con unas, con otras, a reírnos, a contarnos anécdotas, experiencias, a comentar qué tal nos habían parecido las ponencias, en definitiva, a relacionarnos, a hacer algo tan necesario para el ser humano como es socializarse. Me impactó la facilidad con la que allí, en la quinta planta del edificio Marla Center, todos podíamos entablar una conversación con todos sin conocernos prácticamente de nada, pero he de reconocer que para mí fue una pasada. Allí se respiraba un ambiente distendido, cordial, agradable, por traducirlo a un lenguaje más coloquial, allí se notaba el buen rollo. Evidentemente, todo esto no hubiera sido posible tanto sin el esfuerzo, las ganas, la ilusión, la pasión y las fuerzas de sus dos organizadoras: Toñy López y Lola Mateo, como de cada uno de los ponentes: Jose Pomares, Encarna Teruel, Lola García, Paloma del Henar, Fernando Álvarez, Tony Pomares, Rosa María Arroyo, Irene Morgado y Roberto Cerrada.

Es verdad que las redes sociales algunas veces traen más problemas que soluciones, pero en mi caso, tengo que decir, que gracias a las redes sociales he podido seguir, sino desde el minuto cero sí que desde el minuto uno la organización de este evento, lo que ha dado lugar, casi sin darme cuenta, a una bonita y gran amistad entre Lola, Toñy y yo. He de decir que no sé qué les he aportado para que hayan confiado tanto en mí pero es algo que les agradezco muchísimo, porque no me conocían de nada. Yo estaba ilusionada porque sabía que el 21 de noviembre por fin las conocería en persona, pero lo que desconocía es que al verme, ambas me iban a dar un abrazo tan sincero, tan real, un abrazo que me demostró que son personas muy grandes, con un corazón enorme, muy humanas. Además, ambas son luchadoras, porque fueron capaces de conseguir, como pude comprobar, lo que tanto anhelaban: Organizar la I Jornada de Coaching en Murcia  y que resultara ser un éxito.  Quiero aprovechar para darles mi enhorabuena, porque se lo merecen muchísimo, ya que no es fácil organizar algo así y más en Murcia, pero ellas lo han conseguido.

Espero y deseo de corazón que próximamente podamos disfrutar de unas segundas jornadas, de unas terceras…etc y que algo como el Coaching sea más conocido en Murcia y se le dé difusión, porque como ayer hablábamos entre los asistentes, el Coaching es algo que se puede aplicar a todas las áreas (Educación, Empresa, Comunicación, Música, Deporte…) y que resulta muy útil, ya que te ayuda a crecer como persona, a desarrollar tus fortalezas y a darte cuenta de que puedes conseguir lo que quieras siempre que pongas tu empeño y te esfuerces.

No quiero menospreciar a ninguno de los ponentes, porque de todos aprendí muchísimas cosas que me darán para más entradas en el blog, pero hoy me gustaría acabar esta entrada citando una frase que Paloma del Henar dijo en su ponencia y que puede hacernos reflexionar mucho:

“Es importante cómo nos hablamos a nosotros mismos”

¡Feliz día y no os olvidéis de sonreír siempre!

Sólo tú

Por muy mal que esté si pienso en ti me nace una sonrisa, así empieza Sólo tú, una de las canciones del nuevo disco de la cantautora Merche y así quiero empezar este post.

Hay personas en las que piensas y te viene inmediatamente una sonrisa. Personas que te iluminan el alma sólo con su presencia, que llegan para permanecer en tu corazón y que se quedan aunque a veces no las notes. Personas que te sonríen, que te abrazan, que te quieren. No tiene por qué ser sólo una persona, pueden ser muchas y que te quieran de forma muy distinta. Esas personas son capaces de tocar la fibra más sensible e imperceptible de tu corazón. Son personas a las que quieres con locura y que, a veces, hasta te sorprende ese cariño hacia ellas. Personas que saben escuchar, pero que también quieren ser escuchadas. Personas que, a pesar de lo complejo que es el ser humano, son simples, sencillas y naturales, pero grandes, muy grandes, enormes. De almas inmensas. Almas poderosas. Almas que se reflejan en sus ojos y que parecen querer salir de sus cuerpos. Almas puras. Almas sinceras. Estas personas, a veces, es difícil conocerlas, pero una vez que llegan, se sabe. Se sabe porque no te juzgan, no buscan herirte, no tienen maldad, no te dan la espalda jamás. Pueden darte un consejo y dejarte libertad para que lo aceptes o no, pueden mostrarte el camino que quizá debas recorrer ante una situación, pero te dejan que seas tú quien decida recorrerlo, porque, además, sabes que ellas irán a tu lado sea cual sea el camino que recorras. Son personas que a su manera te ayudan, te hacen reír. Personas de las que aprendes, a las que no necesitas conocerlas toda la vida. El tiempo al lado de estas personas es muy relativo, pues es posible que una hora a su lado pase muy rápido, pero cuando pase esa hora tendrás la sensación de que han estado en tu vida muchos, muchos años.

Personas que conservarás toda tu vida. Personas que le darán sentido a esa vida. Tu vida.

Y para terminar el post, lo haré de la misma forma que lo he empezado, con un frase de esa bonita canción de Merche.

Siempre que me escuches yo sabré explicarte que sólo tú alegras mis días.

¡Feliz día!

Nuestras vidas

Tú.

Tu vida.

Mi vida.

Nuestras vidas.

Jamás unidas.

Separadas por tu punto.

Separadas por mi coma.

Escondidas en la tormenta,

esperando a que saliera el sol.

Borradas por las heridas.

Desaparecidas por el dolor.

Queriendo decirnos tanto,

no nos dijimos nada.

Tú te aferraste a la vida.

Tu vida.

Yo me aferré a mi vida.

Nuestras vidas.

Jamás unidas.

Separadas por tu punto.

Separadas por mi coma.

Nos olvidamos con el tiempo,

pero el tiempo no nos olvida.

Tú sigues con tu vida.

Yo, mi vida.

Nuestras vidas.

Jamás unidas.

El reloj de sus vidas

Aunque siempre miraba el reloj para asegurarse, se sabía de memoria a qué hora pasaba por allí. Las seis de la tarde. Todo el día esperaba ese momento. Ese momento en el que se cruzaban, en el que sus miradas con un brillo especial se clavaban, ese momento en el que todo a su alrededor se paraba. No sabía cómo había podido ocurrir aquello, pero sabía que lo que sentía jamás lo había sentido con nadie más. Tanta pasión, tantos deseos camuflados bajo un par de bonitas sonrisas. Sonrisas de las que simplemente salían unos saludos. No daban lugar a nada más. Todo se quedaba en el interior de sus cuerpos. ¿Por qué no daban un paso más? Quizá por no romper la magia que entre ambos se creaba cada vez que se cruzaban. ¿O tal vez los frenaba el miedo? El miedo a qué pensarían los demás, ese miedo tan absurdo, tan irracional. Ese miedo que si hace que tengas una puerta delante, no la abras y te quedes sin saber qué hay detrás. Así se encontraban. Todos los días la misma situación como si de un ritual se tratara. Como si fuese un protocolo que tenían que seguir. Las seis de la tarde. Sonrisas. Saludos. Pero cuando llegaba la noche aquellas sonrisas daban lugar a un mar de lágrimas. Otro día que se iba sin haber sido capaces de hablar. Rabia. Enfado. Malestar. Siempre prometían mirando al cielo que al día siguiente se lanzarían. Amanecía. De nuevo aquel reloj que era el que marcaba el ritmo de sus vidas, aquel testigo de esas bonitas sonrisas, de esos saludos que se llevaban produciendo desde hacía más de dos años. Seis campanadas. La hora clave. Allí nervioso de pie estaba. Pero algo ocurrió aquel día. ¿Dónde estaba esa mirada con el brillo especial? ¿Dónde estaba su sonrisa? ¿La magia? ¿Dónde estaba la magia que hacía que todo se parara? ¿La pasión? ¿Y los deseos? ¿Dónde? No apareció nadie. No hubo sonrisas, ni saludos. No dio lugar a nada más. No pudo. No estaba. Ese día se le quedó clavado en el alma. ¿Qué había pasado? Ahora lamentaba no haber hablado, no haber dado un paso hacia adelante, no haberle conocido más. Aquel día no hubo miedo. Aquel día sus porqués se multiplicaron. Sus respuestas se restaron. Aquel día el reloj dio sus últimas seis campanadas. Se paró. Aquel día su vida se esfumó.

Pasión, ilusión

“Ponle pasión e ilusión y lo conseguirás”. Siempre he sido una persona más bien pesimista que optimista. Siempre he pensado en el no, antes que en el sí. Digamos que no he confiado lo suficiente en mí como lo han hecho otras personas de mi alrededor. No he tenido una autoestima por las nubes nunca, más bien la he tenido en niveles mínimos muchas veces. ¿A qué se debe eso? Pienso que es porque soy una persona muy perfeccionista, necesito tenerlo todo bajo control para sentirme segura. A raíz de darme cuenta de cómo yo era a nivel emocional, empecé a interesarme por los libros de autoayuda, por cómo funcionaba la mente, por cómo somos emocionalmente, porque físicamente todos nos conocemos, pero interiormente es mucho más difícil conocer a una persona. También comencé a ver vídeos sobre las emociones, inteligencia emocional, motivación, coaching… El cambiarme de carrera fue para mí algo mucho más complicado, emocionalmente hablando, de lo que esperaba. Hace cuatro años, decidí cambiarme de carrera, después de estar tres años haciendo algo que no era lo que yo esperaba y que a día de hoy puedo decir que no me llenaba. En aquel momento sentí una presión enorme en mi vida, eso de que quizá me había equivocado al elegir la carrera me hacía sentir culpable, me hacía sentir que había defraudado a toda la gente que confiaba en mí, pero sobre todo a mis padres. Pero hace poco, viendo un vídeo sobre la creatividad, escuché a una psicóloga decir que “en España estaba mal visto el equivocarse” y pensé que tenía razón. Pocas personas ven el “error” como la posibilidad de haberte dado cuenta de que eso no es lo tuyo y que quieres ir por otro camino. Pocas personas sienten que un “error” te puede llevar a descubrir lo que verdaderamente te gusta, te apasiona. Poca personas ven el “error” como la capacidad de decir “esto no lo quiero”. Sigue leyendo

Música, amor y poesía

Con el sonido
que salía de tus palabras,
formé la partitura del amor,
las notas eran los latidos
que salían de mi corazón.
El inicio
con música silenciosa
compuesta por un beso de pasión,
a medida que las notas sonaban
nuestros cuerpos se fundían en calor,
el final llegaba con una balada
al ritmo de un tierno abrazo
lleno de mucho amor.
Tu mirada en mi se clavaba,
al ritmo de un sí bemol
y yo te decía:
no te olvides de mí
aunque se acabe la canción.